
Encontremos aquello que nos devuelva a casa
Hay un anhelo universal que nos acompaña desde que somos niños: sentirnos en casa.
Un territorio emocional en el que uno se siente protegido, querido. En casa todo encaja, todo huele a conocido. En casa todo sabe a verdad.
Ese anhelo, un tanto silencioso, íntimo y profundo, se intensifica cada Navidad.
Es, quizá, la única época del año en la que todos volvemos a mirar hacia atrás: recordamos las mesas llenas, las voces queridas, las manos que ahora faltan, los detalles que tanto nos emocionaban,...
Y aunque la vida avanza, aunque las personas cambien y aunque nosotros mismos nos hagamos mayores, algo dentro de nosotros sigue deseando lo mismo: volver a casa.
Volver a lo esencial. Volver a la ilusión limpia y luminosa de cuando éramos pequeños. Volver a ver el mundo con esa mirada inocente y contemplativa que lo vivía todo como si fuera nuevo.
La Navidad nos despierta una nostalgia dulce: queremos recuperar esa chispa, ese instante preciso en el que el corazón se ensancha y reconocemos, sin palabras, que estamos donde debemos estar.



